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viernes, 28 de octubre de 2011

La novia de Frankenstein


Estamos en 1935, cuatro años después del estreno de Frankenstein, éxito gracias al cual Carl Laemmle Jr., de la Universal, quedó totalmente convencido de que las producciones de terror basadas en monstruos provenientes del folklore popular podían ser un negocio rentable en su paso por las salas de cine. Así que, dispuesto a repetir el éxito que obtuvo con Frankenstein, no se lo pensó dos veces a la hora de dar luz verde a un nuevo experimento cinematográfico dirigido por James Whale, quien, acompañado de otros actores de la talla de Colin Clave y Boris Karloff, ambos repitiendo el papel de monstruo y Henry Frankenstein, respectivamente, nos ofreció una de las primeras secuelas directas del cine de terror con "La novia de Frankenstein". Es bien conocido por todos el dicho de "segundas partes nunca fueron buenas"; pero, en el caso de esta segunda parte, ese "nunca" sobra.

Ficha técnica:

Título: La novia de Frankenstein

Título original: The Bride of Frankenstein

Año: 1935

Duración: 75 min.

País: Estados Unidos

Director: James Whale

Guión: John L. Balderston & William Hurlbut

Música: Franz Waxman

Fotografía: John D. Mescall (B&W)

Reparto: Boris Karloff, Colin Clive, Valerie Hobson, Elsa Lanchester, Ernest Thesiger, Dwight Frye

Productora: Universal Pictures

Género: Terror. Ciencia ficción. / Secuela. Monstruos.


En la introducción a este nuevo artículo he mencionado la palabra experimento para designar al film, y no sólo haciendo una clara alusión al nuevo experimento en el que, en contra de su voluntad, colabora un redimido Henry Frankenstein, sino también a la temática en sí. Una cosa por la que destacó en originalidad la primera película del monstruo dirigida por Whale fue por la capacidad de transmitir a los espectadores terror a la par que conseguía conmoverles, en contra de todo lo que cabría esperar de un largometraje en el que el "terrorífico" protagonista cobraba especial relevancia. Esto era así porque teníamos al monstruo de Frankenstein, un ser engendrado a partir de la ciencia y no precisamente a partir de la vida, sino de la muerte, que tan sólo quería ser un humano como otro cualquiera, a pesar de su corta y limitadísima inteligencia; y de cómo el rechazo por parte de sus "semejantes" le impedía ser alguien normal, siendo así un marginado por ser diferente, una amenaza que no tenía lugar en este mundo y a la que había que eliminar para restaurar el orden.

Pero más conmovió la segunda parte, en la que Whale, dirigiéndola de forma más acorde con la limitada capacidad de actuación de Boris Karloff, así como de su expresividad, obtuvo como resultado una secuela que cogía lo mejor de la primera parte y, partiendo de ahí, potenciaba todas aquellas virtudes al mismo tiempo que añadía nuevos elementos que hacían destacar aún más la trágica figura del personaje al que encarnaba este actor. Una actuación sublime por parte de Karloff, en la que el guión se adaptaba al reparto y a las limitaciones técnicas (que para la época no eran precisamente pocas), resultando en unas actuaciones sublimes (a excepción de la ama de llaves de Henry, interpretada por una excéntrica Una O'Connor, quien también hizo acto de presencia con resultados semejantes en "El hombre invisible") y en una historia inolvidable, en la que cada actor transmitía claramente lo que Whale pretendía transmitir. Si Karloff ya había definido al monstruo, esta vez consiguió que su imagen se grabara aún con más fuerza en el imaginario colectivo, haciendo que sus rasgos faciales exagerados gracias a un efectivo maquillaje perduraran a lo largo de las décadas, de la misma forma que han perdurado sus movimientos, sus gruñidos, incluso su mirada perdida... una mirada mezcla de tranquilidad, melancolía y de la más profunda tristeza...

En "La novia de Frankenstein", se volvía a incidir en temas relacionados con la vida y la muerte, el amor y la amistad, la marginación del diferente, así como sobre el uso de la ciencia con objetivos de dudosa moral... Esta vez el guión corría a cargo de John L. Balderston y William Hurlbut, quienes impregnaron esta obra de arte y ensayo de un tono más cómico. Además, aparte de traer de vuelta a caras conocidas, introdujeron algunas nuevas, a destacar el papel de Ernest Thesiger encarnando a un grandioso Dr. Pretorius, auténtico mad doctor de la vieja escuela en toda regla, el cual coacciona a un traumado Henry Frankenstein para que le ayude a crear vida humana artificial a escala natural, ya que Pretorius demuestra que es capaz de ello mostrándole unas figuras sociales importantes a escala reducida que él mismo ha creado, unos pequeños humanos del tamaño de un ratón.


Cabe destacar que no es necesario (pero sí algo recomendable para su mayor disfrute) verse el primer film para enterarse de todo lo que sucede en la secuela; ya que, nada más comenzar la cinta, nosotros, los espectadores, asistimos a un prólogo en el que la actriz Elsa Lanchester adopta el papel de Mary Shelley, autora de la novela en la que se basan los dos primeros largometrajes del monstruo producidos por la Universal, quien, acompañada por su esposo Percy B. Shelley y Lord Byron, se siente frustrada porque la sociedad no ha interpretado como ella quería la obra, para luego continuar narrando a sus compañeros su historia, comenzando por hacer un resumen de los hechos acontecidos en la primera película a modo de introducción y así dar paso a los acontecimientos que ya tienen lugar en "La novia de Frankenstein". Sobra decir que Frankenstein no murió en la primera parte durante el incendio del molino, y eso lo demuestra al poco de comenzar la narración, emergiendo de entre las ruinas de la estructura para luego, en un estado mezcla de confusión y colera, acabar con las vidas de dos personas.

Ya comenté en mi artículo anterior sobre la película de 1931 que el hecho de que el cerebro de la criatura fuese el de un temible asesino no me hacía ninguna gracia, ya que era algo que le restaba sentido y lógica al comportamiento bienintencionado del ser creado por Henry. Dicho dato se obvia en el resumen en boca de Mary Shelley; posiblemente porque Whale se dio cuenta de su error, o, simplemente, porque el tema del cerebro era una forma de darle sentido al comportamiento del monstruo, ya que si hubiera tenido un cerebro de alguien que en vida fue una persona brillante, posiblemente hubiese actuado de forma más razonable. El caso es que, centrándome ya en el monstruo en sí, en este film queda más que demostrada la importancia y el rol que desempeña, el cual le hace situarse por encima de Colin Clave y su personaje de Henry Frankenstein en cuanto a protagonismo, sin duda. Alrededor de la criatura, todos pasan a ser unos perfectos secundarios, de entre los cuales quizás destaque el nuevo personaje del que hablé unos párrafos atrás, el excéntrico Pretorius, este último un doctor que parece representar todo lo contrario a lo que ahora es Frankenstein, como si la forma de ser de éste último en el pasado, sus retorcidos fines, hubiesen adoptado forma corpórea.

Por ende, podríamos considerar al monstruo de Frankenstein el verdadero y único protagonista absoluto, y al resto de personajes sus enemigos (salvo contadísimas excepciones), de entre los cuales destacaría al numeroso gentío que le persigue prácticamente de principio a fin. Y es que el monstruo de Frankenstein es eso, una criatura en continua persecución, atormentada no sólo por su origen sino también por lo que es, alguien que no tiene cabida, ni lugar, en este mundo. De todas formas, vemos como el personaje evoluciona en algunos momentos clave. A destacar aquel en el que tras parar en una cabaña, perdida en medio del bosque, conoce en su interior a un monje ciego que se alegra enormemente de tener como compañero al monstruo, monje que le enseña a hablar (y, dicho sea de paso, a empinar el codo y fumarse unos cigarrillos). Sí, en esta entrega queda más que demostrado que más que un monstruo, lo que es en realidad es un ser humano, más humano que muchos otros personajes... Prueba irrefutable de ello es que llega a derramar lágrimas, y es que el llorar, el tener sentimientos y ser bueno, no es algo que esté ligado a la figura de un monstruo malvado y terrorífico...


Como dije unos cuantos párrafos más atrás, el guión esta vez era, además de una mezcla entre cine fantástico y de terror (más de lo primero que de lo segundo aún en aquella época), el de una historia con tintes de comedia. Pero no una comedia como en la que haría acto de presencia el monstruo una década después, acompañado por los cómicos Abbott y Costello, sino una comedia con tintes de humor negro. Tan sólo hay que ver algunas escenas como aquella en la que Pretorius, mientras está comiendo felizmente sobre una lápida a la par que observa un cráneo humano, saluda alegremente al monstruo, en vez de ponerse a gritar como haría cualquier persona con cierto miedo hacia lo desconocido (o con dos dedos de frente). Además, hay claras alusiones (aunque no tan claras de aquella) a la homosexualidad de Whale en las escenas en las que el monje dialoga con el monstruo. Y claro, en los años 30 la homosexualidad era un tema tabú, el hecho de que alguien reconociera abiertamente su verdadera orientación sexual estaba terriblemente mal visto por la sociedad. Aparte, Whale también se permite realizar algunos paralelismos con la iglesia católica, en especial en esa escena en la que una turba enfurecida de gente ata al monstruo a un poste para luego elevarle como si fuese Jesucristo crucificado. O la relación que mantiene éste con el monje, que es como relacionar ciencia y religión.

Puede parecer que pasan muchas cosas en poco tiempo, y es que esto es así, ya que "La novia de Frankenstein" no sólo cuenta con un mayor presupuesto, sino también con un ritmo frenético que hace posible que multitud de hechos se sucedan ágilmente, con un mayor dinamismo, dicho de otro modo. Al cargo de la cámara está John D. Mescall, que hace un trabajo tan extraordinario como el de Charles Hall en la escenografía, ofreciendonos algunos escenarios mezcla de cierto estilo gótico y estética expresionista. Además, los escenarios que ya vimos anteriormente aquí vuelven mejorados, de la misma forma que el maquillaje de la criatura. Esto resulta obvio cuando asistimos a la creación de la novia del monstruo, una escena impresionante en la que las luces de una tormenta se mezclan con la oscuridad de la noche en un espectáculo infernal, mostrándonos unos planos del retorcido doctor Pretorius, ansioso ante los resultados de su experimento, de los que es difícil olvidarlos... Y es que si ya hoy en día resultan impactantes, no me quiero ni imaginar como serían de efectivos en los años 30.


Resulta curioso que haya hablado tanto del film en sí, de sus características técnicas y de algunos personajes, y no me haya puesto a hablar todavía de la novia del monstruo... La novia de Frankenstein, una criatura que, al igual que su semejante, carece de nombre propio y, en contra de lo que muchos se esperarían debido al título de la cinta, no aparece hasta las últimas escenas. Encarnada por una radiante Elsa Lanchester cuyo nombre relacionado a la criatura no figura en los créditos (pero sí el de su papel interpretando a Mary Shelley), resultó adoptar el rol de un personaje que, a pesar de aparecer mucho menos tiempo que su antecesor masculino, pasó igual de rápidamente a formar parte del imaginario colectivo. Aquí la novia se nos presenta como una bellísima humana artificial, de peinado llamativo que inspiró algún que otro estrambótico peinado en el futuro (tan sólo hay que ver a cierta madre de los Simpson), que no habla, grita simplemente... Unos gritos de rechazo y terror que espantan al mismísimo monstruo de Frankenstein.

Al final, el monstruo, consciente de lo que es, una abominación, una quimera fruto de la unión de varios cuerpos y órganos de distintas personas, comprende que, a pesar de su bondad y su buen corazón, nunca será aceptado en el mundo y, por ende, jamás encontrará la paz que tanto ansía encontrar... Así que decide alcanzarla de la misma forma que todos la alcanzamos de forma inevitable al final de nuestras vidas: con la muerte. Grabada a fuego en la mente de muchos espectadores quedó el momento en el que derrama una lágrima, poco antes de cometer suicidio... Una escena más que se suma a otras tantas inolvidables, y es que esta película es, sin ninguna duda, una de las mejores de terror fantástico de todos los tiempos. Recomiendo ver ésta y su antecesora en sesión doble, resultando así en unas tres horas de duración realmente satisfactorias, que a buen seguro no dejarán indiferente a nadie.


Valoración personal: 10/10.

4 comentarios:

Daicon-X dijo...

Tengo pendiende una sesión doble del bueno de Frankie

Old School Generation dijo...

Me apunto la película para verla :D

Roy D. Mustang dijo...

¡Disfrutadla! ;)

Anónimo dijo...

Tras leer el artículo no extraña que esté considerada una de las mejores películas de la historia.